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Cómo elegir un procesador de textos · 2005-12-17 02:42 by Francisco

¿Qué criterios deben guiar nuestra elección? Son tan personales, y tan amplia la oferta, que cada vez que me he tenido que enfrentar a esta decisión, el dolor de cabeza estaba garantizado.

No me refiero al problema de elegir un editor de texto para programar, pues esa es otra cuestión que presenta también graves dificultades para quedar debidamente resuelta. Yo quiero editar ficheros de texto, sí, pero también escribir libros. Tal como se lee.

El primer procesador de textos al que tuve acceso fue Tasword, para Spectrum. Era mediados de los 80, y venía en microdrive, esa compacta y cara cinta sin fin. Creo recordar que era la versión 3, y la verdad es que era bastante sofisticado. No llegué a usarlo demasiado, pues lo obtuve un poco tarde, en un lote con la unidad de microdrive. Pero no dejaba de ser curioso ver cómo un ordenador tan pequeño como el mío me permitía plasmar con facilidad en papel mis pensamientos (a mano sabemos escribir todos, lo que buscaba era comodidad para hacer cambios a lo escrito).

Al pasar al PC (me salté la época del CP/M), probé WordStar, y eso era otra cosa. También influía que el teclado no era de teclas de goma (que disfruté como nadie, pero no eran adecuadas para teclear en serio). Aunque estaba en modo texto (y monocromo; era esa época), personalmente nunca he tenido problemas para operar con ese concepto.

Más tarde, usé ChiWriter. Cómodo, gráfico, con un modo especial para la redacción de fórmulas, y manejando varios tipos de letras. Ni que decir tiene que tuve que migrar los textos del anterior procesador a éste. Esta fase duró una buena temporada, en la que escribí más que hasta entonces. Pero ahí no iba a terminar todo. No, señor.

En MS-DOS, la oferta de procesadores de textos era bastante amplia, y sin embargo, parecía haber sitio para uno más: Sprint. Fabricado por Borland, procedía de un producto de otra casa llamado Final Word II. Sprint ha sido para mí, sin duda, el mejor combo editor/procesador de textos comercial que ha existido para PC. Trabajaba en modo texto, pero cada característica del texto (negrita, cursiva, títulos, etc) se correspondía con un color o variante en la pantalla. De esa manera, se podía saber perfectamente (aunque no gráficamente) qué estaba uno haciendo.

Como editor, era rápido y capaz, además de programable. Las mejores cualidades orientadas a la creación de documentos venían de la mano de un procesador separado al que se le entregaba el texto del editor (sin salir del mismo), y aquél se encargaba de darle el formato según la hoja de estilos que se estuviera usando, convirtiéndolo al formato de impresora necesario y haciendo que se imprimiera. También el PostScript, lo cual para la época en que salió (1987/88) era más que novedoso. Ni que decir tiene que me vi obligado de nuevo a convertir los antiguos documentos, tarea laboriosa y… manual.

Sólo diré que, al pasarme a Linux, lo eché mucho en falta. Sprint mereció con creces el dinero que pagué por él, y yo sé valorar una herramienta bien hecha. Así que me busqué un procesador para seguir adelante. Esta vez me topé con Ez, el editor genérico de objetos del Andrew System. Basado en los trabajos de la Universidad Carnegie-Mellon, lo estuve usando durante una buena temporada. Esta vez fui más prudente y retrasé la conversión de documentos hasta el momento en que me eran necesarios.

Esta feliz situación duró lo que pudo, pero el fantasma de la interoperatividad, así como la necesidad de presentar información de diversos tipos, acechó durante las frías noches, amenazando con romper la paz. Finalmente, aunque usaba joe para editar textos sencillos, ficheros de configuración y hasta programas, vi que era necesario algo más. Editar HTML con joe era tarea fácil, habida cuenta de que mis conocimientos eran sobrados para los requisitos habituales. Es más, durante una época, editaba directamente mis curricula en HTML, pues era el formato que mejor podía controlar para luego imprimirlo debidamente. Claramente, tenía que haber una solución mejor.

OpenOffice aún no existía, Abiword tampoco y un prometedor proyecto denominado LiryX estaba más que en pañales. A raíz de este último, leí sobre TeX y LaTeX, ya que LiryX se autodeclaraba frontal gráfico del motor de TeX. Dadas las circunstancias, me parecía que era más ventajoso seguir usando HTML que aprender un nuevo lenguaje.

Corel acabó por aquel entonces (mediados de los 90) por sacar una versión limitada gratuita de WordPerfect para Linux. Este conocido editor, nunca antes probado por mí, tenía cualidades interesantes, como la de importar/exportar otros formatos, digamos, “populares” (MS Word, entre otros; procesador de textos que sólo había usado en los Mac del Centro de Cálculo de la UMA para hacer algunos números de El Ojo de Turing; y no me había gustado). La realidad es que WP para Linux era un poco pesado, así que no dejaba de mirar a todas partes, a
ver si encontraba una alternativa.

Decidí que tenía que hacer una lista de comprobación para procesadores de textos, y así concretar el criterio con el que los elegiría. Sólo el que más puntos sumase sería digno de ser elegido. Naturalmente, sabía que algunos requisitos serían difíciles de cumplir, pero había que establecer algún baremo. La lista (nunca escrita) contenía, entre otros, los siguientes elementos:

código abierto: no sólo debía funcionar hoy, sino mañana, corrigiendo sus fallos y portándolo a otros sistemas si era necesario;

agilidad: cargarlo no debía suponer una larga espera, y en su uso no debía poner trabas al hecho de teclear textos o cambiar opciones;

compatibilidad: en la medida de lo posible, debía exportar a formatos “populares”: HTML, PDF, PS, RTF, texto, SGML (pensando en LinuxDoc o en ulteriores transformaciones); e importar texto y RTF o similar;

vitalidad: que la comunidad que lo desarrolla esté activa y dé soluciones a posibles problemas;

libertad: que ni el formato nativo ni cualesquier otra característica técnica o legal limite su uso.

La lista no era fácil de satisfacer, pues la característica de agilidad descartaba el uso de, por ejemplo, HTML o TeX, ya que eso interrumpiría el flujo de pensamiento. Llegué a pensar en utilizar un reducido juego de marcas propias para señalar qué era un título, qué era cursiva, etc, pero al final no lo hice (esta idea me ha rondado la cabeza varias veces desde entonces). XML parecía la solución oficial a este problema, y cuando quise participar en el proyecto de KWord, propuse su uso.

Después de algún tiempo (y de probar cosas como troff y editar PostScript a mano, cosa que aún hago de tarde en tarde), volví a mirar LiryX. Había cambiado su nombre a LyX, y estaba más maduro que nunca antes. Le di una oportunidad, y me acompañó una buena parte del camino. Con LyX escribí muchas cosas, y la tentación de convertir por última vez mis textos a este formato iba creciendo por momentos. Las ventajas de LyX eran muchas: era libre, no sólo gratis; el código fuente estaba disponible, así que se podía transportar a otros sistemas operativos; es un frontal a LaTeX, permitiendo usar el excelente motor tipográfico de TeX sin necesidad de aprender TeX o LaTeX; permite usar muchos estilos de documentos; facilita escribir textos largos, dividiéndolos en fragmentos; permite incorporar imágenes; etc, etc…

Si no hubiera elegido LyX, probablemente me hubiera decantado por Abiword. Ambos son diferentes en sus planteamientos, pues de hecho Abiword importa y exporta a Word, entre otros; mientras que LyX prácticamente sólo lee su formato propio (similar al de LaTeX), si bien puede exportar a otros, directa o indirectamente. La compatibilidad con Word nunca fue para mí un requisito esencial (en el entorno en que me muevo, los documentos de Word pasan a mi alrededor sin tocarme), pero desde LyX se puede convertir a RTF, y ese formato lo lee Word.

Por poder retocar las hojas de estilo y hacer alteraciones cuando fuera necesario, comencé a aprender LaTeX, sin intención de llegar a escribirlo directamente. Todo iba bien. Había encontrado una forma de cumplir mis objetivos. La mayor parte del tiempo, satisfacía mis necesidades de escritura (ya fueran novelas o informes).

El paso de LyX de XForms a QT trajo ventajas evidentes de uniformidad y estabilidad. Hasta que, al actualizar la distribución que uso, surgió una incompatibilidad con la biblioteca QT que instalaba. Pocos programas que yo uso utilizan esa bibliteca, pero aún
así, no estaba por la labor de descender de versión o compilar LyX desde cero. Así que me planteé seriamente escribir LaTeX directamente.

Sabía que con LyX tenía acceso a uno de los mejores motores tipográficos que existen (TeX), y seguramente el mejor del mundo libre. Sin embargo, la posibilidad de tener que teclear a mano las órdenes de LaTeX me parecían un salto atrás. Ya tenía idea de cómo se
hacían las cosas, pero no sabía exactamente el nivel de complejidad que podía alcanzar algo tan sencillo como una novela (no en el aspecto literario, que ese sí que puede alcanzar niveles estratosféricos). Así que exporté de LyX a TeX (LaTeX, en realidad), y vi que, con las oportunas definiciones en la cabecera (especialmente de codificación), se podía crear un esquema sencillo que recogiese mis necesiades. Perfecto.

En este momento, y aceptando la complejidad añadida de usar directamente un formato de marcas concreto, podía usar cualquier editor de texto para hacer documentos complejos. A fin de cuentas, estaba acostumbrado a Sprint, donde el editor y el motor tipográfico estaban separados. Seguí usando joe, editor ligero y que se podía
instalar y ejecutar remotamente sin consumir muchos recursos; si bien sabía que no era la solución ideal. Se imponía otra mejora.

Una de las batallas más antiguas en Unix y, por herencia, en Linux, es la de cuál es el mejor editor. Por las razones que he expuesto y muchas otras, no existe una “respuesta correcta”, ya que cada uno tiene unas necesidades racionales y emocionales, que parecen ser satisfechas de diferente manera según el editor que use. Nunca he comprendido la “identificación con una comunidad” cuando atañe a cosas como un editor de textos (y sigo sin comprenderlo); pero en esta batalla, los más antiguos contendientes no son procesadores de textos, ni aplicaciones en modo gráfico. Son los editores de textos más conocidos y longevos de la historia de los terminales de caracteres: emacs y vi.

Con vi me salen sarpullidos. Lo siento. Elegí emacs.

emacs, entre otras ventajas, es programable. Se puede usar en modo gráfico, con lo que puede incluir imágenes; o en modo en un terminal real o virtual. Este es justamente mi caso. El resaltado de sintaxis y los menús extras de emacs para diferentes lenguajes de programación no acaba en los clásicos o en los de 4ª generación. TeX y LaTeX forman parte de ese arsenal, especialmente con el paquete AucTeX. Sin embargo, he de decir que la migración a emacs no la logró LaTeX. emacs es, sobre todo, un editor de textos. Pero su lenguaje de programación incorporado, emacs lisp, hace que sea posible escribir aplicaciones en él, o al menos adaptadores para ejecutar en la ventana de emacs otras aplicaciones. La migración a emacs (más concretamente, a GNU emacs) la consiguió otra batalla que he estado librando durante largo tiempo: la búsqueda de un programa de correo que me haga feliz. De esta batalla y de la otra (la del gestor de ventanas) escribiré en otro momento. Pero la versión corta es: de Sylpheed me pasé a mew sobre emacs, y estoy más contento que nunca. Además del correo, con w3m veo el 80% de las páginas por las que suelo navegar y con newsticker leo los RSS de las bitácoras y diarios que suelo consultar con frecuencia.

Y lo más importante: también escribo novelas con él. Finalmente, he pasado todos mis textos importantes a un formato único (LaTeX) que no va a cambiar con el tiempo, para dárselos a un motor tipográfico de calidad (TeX) que no va a empeorar con los años y tratarlos en un editor (emacs) que estaba ahí antes que algunos sistemas operativos, y que seguirá ahí después de que aquéllos desaparezcan. Y exportando con facilidad a HTML, PDF, PS, RTF, y texto; e importando de RTF y texto.

Mientras tanto, OpenOffice y MS Office aún están por ponerse de acuerdo en el formato de XML que van a usar.

  1. Hace tiempo llegué a la conclusión de que es absurdo atarse a un formato concreto porque los programas incluso los sistemas operativos acaban muriendo: es necesario un formato eterno en ese aspecto. ¿Por qué atarse a uno en concreto?

    La última vez que escribí un libro fue mi PFC, y lo escribí en LaTeX con XEmacs, pareja que me devolvió con creces todo el tiempo que invertí en ellos.

    De hecho XEmacs me sigue devolviendo ese tiempo, pues lo uso cada día para trabajar.

    Sin embargo, en casa, desde la migración a OSX me he encontrado con que no hay un Emacs nativo. Hay, eso sí, varios ports que usan X11.

    Al final he encontrado un procesador de textos que aúna configurabilidad con una integración perfecta con el escritorio Mac: Textmate

    Y no sólo me ha gustado sino que me ha hecho pagar por él, a pesar de que la limitación de tiempo se puede saltar con una facilidad pasmosa.


    Epaminondas Pantulis    2005-12-17 05:07    #
  2. Agradezco el comentario y la entrada en tu blog.

    Creo que merece la pena tener herramientas eficaces; y pagar por ellas si los autores así lo establecen, me parece lo justo.


    Francisco    2005-12-17 07:57    #
  3. ¿Que tal TeXShop para el LaTeX sobre Mac? No es Xemacs ni de lejos, pero es una buena herramienta para TeX.


    Zifra    2005-12-17 21:45    #
  4. #1: Lo de no “casarse” con un formato concreto es el problema de siempre. Los formatos eternos quizá no existan, pero para mí, LaTeX es un aproximación lo bastante buena.

    Eso sí: la “interoperatividad”, a base de conversores…

    #3: Imagino que la pregunta no era para mí, pero en cualquier caso, una herramienta que facilite la edición de algo tan expresivo como LaTeX siempre es positivo.


    Francisco    2005-12-18 23:22    #
  5. ¡Muy interesante su artículo, Sr. Francisco!

    Mi lista rápida: he pasado por AMSWORD (mi primer procesador de textos, nativo para Amstrad CPC), WordStar sobre CP/M 2.2 (sobre Amstrad 464 con unidad de disco), WordStar sobre MS-DOS, Personal Editor, IBM Writing Assistant, ChiWriter (estos tres también sobre DOS), M$ Word para Windows, Lotus Amipro para Windows, y vuelta a Word.

    Desde hace bastantes años acabé por estabilizarme en LyX para los documentos técnicos/académicos, junto con StarOffice y después OpenOffice Writer (Win y Linux) para el resto.

    La anécdota es WordPerfect, al que más oportunidades le he dado. Lo he usado sobre MS-DOS, después Windows, después Linux, y en todos los casos me ha echado para atrás.

    OpenOffice no tiene porqué ponerse de acuerdo con M$ Office sobre el formato de los documentos. En todo caso será al revés: el formato de OpenDocument ha nacido consensuado, adoptado oficialmente por OASIS y en vías de estandarización ISO, y debería ser Microsoft la que tenga la humildad de adoptarlo y olvidarse de sus formatos propietarios.


    lbf    2005-12-19 18:52    #
  6. #5 ¡Gracias!

    En mi caso, es curioso que nunca hasta llegar a Linux he tocado el WordPerfect, y Word sólo en los Mac aquellos…

    Cierto, MS debería adoptar OpenDocument sin más tonterías; pero después de ver lo reticentes que son para cualquier cosa que no ate al usuario a sus productos, me extrañaría que no hicieran lo imposible por conseguirlo. No hace mucho leí algo acerca de que querían patentar (o control equivalente) los formatos XML del nuevo Office. En fin…


    Francisco    2005-12-20 00:33    #
  7. Очень интересно было познакомиться с материалом! Вы – молодец.


    Visitor    2009-05-29 11:12    #
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